Durante su visita a la Fundación Cajasol el Dr. José Abellán habló con Antonio Pulido sobre prevención, hábitos y el reto de explicar la salud en un mundo que va demasiado rápido. Me interesaba, sobre todo, su mirada humana: esa que nace del hospital y termina convirtiéndose en compromiso solidario.

Recibir a José Abellán en la sede de la Fundación Cajasol fue uno de esos encuentros que se justifican por sí solos. El doctor fue el invitado del ciclo esferasalud de la Fundación Cajasol. Todo ello por su trabajo clínico y por su capacidad para divulgar. Nos sentamos a conversar con una idea de fondo muy clara: hablar de prevención, de la salud sin ruido, de hábitos sin dogmas y, sobre todo, de la dimensión más humana de la cardiología, esa que aparece cuando el corazón deja de ser teoría y se vuelve vida.

De la conversación que comenzaba con nuestro protagonista, me interesaba por encima de todo su capacidad para traducir la cardiología, que puede parecer lejana, técnica o intimidante, a un lenguaje cotidiano que no subestima a quien escucha. Y también, por qué no decirlo, me interesaba el origen de esa vocación: de dónde nace la necesidad de ayudar a miles de personas más allá del paciente concreto que tienes delante.

Me senté con él con esa pregunta inicial que, en el fondo, es la pregunta que siempre está detrás de una biografía pública: cómo se llega a ser «la voz» que hoy reconoce tanta gente. «El inicio del camino es difícil», aseguró, pero acto seguido rememoró sus estudios de Medicina, además de «tener cierta inquietud por ayudar mucho» y de distinguir entre especialidades que apoyan.

Hasta ahí, se podría pensar que la historia está completa: años de estudio, un puesto en un hospital, una labor imprescindible. Pero Abellán me señaló un punto de inflexión que, para mí, explica el resto. «Yo me di cuenta que ayudaba mucho, pero a los pacientes. En cambio, me faltaba hablarles a las personas», añadió, marcando esa diferencia sutil entre atender a un paciente y llegar a una sociedad. «Tienes que dedicar tu tiempo a llegar más a las personas para ayudar de verdad», señaló. Y entonces aparecieron las redes sociales como respuesta a esa inquietud.

En un tiempo en el que las redes se asocian con superficialidad, esta reflexión cobra especial relevancia: no hablaba de notoriedad, hablaba de alcance útil. «Empecé a divulgar información que creía que la gente no sabía y que debía saber», resumió.

La conversación continuó sobre el porqué de la elección de la especialidad que trata, la cardiología. No como elección académica, sino como convicción. «Elegí cardiología porque era la especialidad que consideraba que podía representar más un entendimiento global e integral del cuerpo humano», me explicó. Y me gustó el modo en que lo expresó: el corazón no como un compartimento estanco, sino como un sistema. «La cardiología no es sólo corazón, sino que es cardiovascular», insistió, «y el corazón es la base de una serie de ramificaciones que llegan a cada célula, órgano y tejido del cuerpo humano».

Hay especialistas que opinan desde el territorio estrecho de su disciplina. Abellán miraba desde lo integral. Y añadió otra razón, menos poética y muy reveladora sobre su identidad profesional: «la cardiología ha sido muy lista y se ha quedado con sus propias pruebas médicas», subrayó, con esa mezcla de orgullo y pragmatismo. «Los cardiólogos no sólo tenemos un desempeño intelectual, sino que, además, realizamos nuestras pruebas médicas e intervenimos quirúrgicamente». Y concluyó con una confesión simple: «de eso me enamoré y de eso no me arrepiento para nada».

Hasta ese punto, la conversación recorría un itinerario lógico: formación, elección, oficio. Pero yo quería llevarlo a una cuestión que, en Fundación Cajasol, sentimos como propia. Nosotros trabajamos con cultura y educación; y en salud se percibe un fenómeno paralelo. No basta con saber, hay que entender. Le pedí que me explicara qué le había enseñado el hospital sobre lo que la gente necesita comprender para cuidarse.

Su respuesta apuntó directamente a la raíz del problema moderno: la confusión. «Mis pacientes me han enseñado que si no somos conscientes de cómo afectan a nuestro estilo de vida, nuestros hábitos o nuestra salud, jamás vamos a poder mejorar», afirmó. «Todos sabemos que tenemos que llevar un buen estilo de vida, pero no entendemos bien qué es un buen estilo de vida». Y ahí desglosó una enumeración que, quizá por provocadora, resulta útil: «No tiene nada que ver con salir a caminar, hacer ejercicio con pesas rosas o pasar hambre con ensalada». «Es mucho más potente». Y concluyó con una idea que me parece clara para cualquiera que quiera empezar a cuidarse de verdad: «el primer paso es tener consciencia de cuáles son los buenos hábitos».

En ese momento pensé en algo que veo con frecuencia: vivimos rodeados de consejos, pero huérfanos de criterios. Al interrogarle sobre qué idea cuesta más corregir en redes, donde todo se simplifica y se acelera, no dudó. «Muchísimas», respondió. «Hay muchos mitos que hemos integrado y que no son ciertos», y añadió algo que me pareció casi una declaración de misión: «una de mis motivaciones es desmentir creencias que están súper instauradas». Y empezó a enumerar: «fumo, pero poco», «el vino es bueno para el corazón», «el café es malo», «salir a caminar es hacer ejercicio». Esbozó una sonrisa, porque en esa lista caben años de conversación social.

Le invité entonces a aterrizar en el terreno de las prioridades. Si tuviéramos que señalar tres enemigos silenciosos del corazón que infravaloramos, ¿cuáles serían? «Uno de ellos es el azúcar, o los ultraprocesados», sentenció. Y lo formuló de una manera que no deja espacio a la trampa mental de «ya lo limitaré». «Creemos que son alimentos a limitar cuando deberíamos, prácticamente, evitarlos». El segundo protagonista fue el estrés: «no somos conscientes de lo que nos afecta». Y el tercero, el descanso: «la falta de sueño». Los calificó como «enemigos silenciosos» por una razón contundente: «no entendemos que nos enferman por dentro mucho más rápido de lo que imaginamos».

A continuación, quise conectar su visión clínica con el ámbito social e institucional. Porque, desde la Fundación Cajasol sabemos que el comportamiento individual se enmarca en normas, entornos y políticas. Le pregunté sobre qué cambios sociales ayudarían más a prevenir enfermedades. Quizá en el fragmento más humano de esa respuesta, se retrató con una honestidad que no es habitual. Habló de la regulación laboral, y se colocó a sí mismo dentro del problema: «Yo predico, pero desgraciadamente no puedo predicar con el ejemplo», confesó. «Yo hago muchas guardias al mes que me obligan a no dormir». Es decir: incluso quienes tienen conocimiento y voluntad están a veces atrapados por estructuras que dificultan cuidarse.

En el ecosistema digital, la forma de transmitir importa tanto como el propio mensaje. Le planteé una pregunta incómoda pero necesaria: qué funciona mejor, asustar con riesgos o motivar con pequeñas metas. Abellán no endulzó la respuesta. «Desgraciadamente, y sin duda, asustar con riesgos se viraliza mucho más», respondió. «Se viralizan mucho más los mensajes que alertan de algo que se hace mal» que los que «motivan o enseñan mejoras que se pueden realizar».

Seguía pasando el tiempo, pero la charla cada vez era más amena. En ese momento quise abrir una puerta que, desde nuestra acción social, vemos cada vez más importante: el vínculo entre salud y relaciones. Le pregunté por la soledad y el corazón. Su respuesta combinó evidencia y experiencia: «Las personas que no sólo están, sino que se sienten solas, tienen peores indicadores de salud». Y describió una paradoja de época: «con las redes sociales somos capaces de tener cientos, miles de interacciones sociales de muy baja calidad», que no se traducen en «mejor gestión del estrés, mejor compañía o disminución de los niveles de ansiedad».

Tras esa reflexión, la conversación derivó hacia la solidaridad. Le pregunté qué le había enseñado la Medicina sobre la solidaridad del ser humano. Quería saber qué se ve en primera línea, en situaciones límite, cuando se cae la máscara del día a día. «En mi trabajo, frente a personas que van a perder la vida, algo a lo que me enfrento a diario», comenzó, «lo que más me impacta es que sólo tienen presente a los suyos, a sus seres queridos». Y pronunció entonces una secuencia que me acompañó durante horas: «No se acuerdan de la empresa, ni del dinero, ni de la casa; sólo se acuerdan y llaman a sus seres queridos». Y concluyó con una lectura sobre la naturaleza humana: «cuando estás en el tramo final, se hace evidente nuestra naturaleza, que es que debemos mucho más a nuestro grupo, a nuestra solidaridad, a nuestra amistad, que a todo lo material».

A modo de cierre, y con la mirada puesta en el público que llenó el teatro con el evento de esferasalud, le pedí una última reflexión: esa idea esencial capaz de pervivir cuando las luces se apagan y recuperamos el ritmo de lo cotidiano.

Su respuesta fue una síntesis casi pedagógica, construida con una imagen potente. «Mi intención es enseñar cómo el corazón sigue siendo el centro de nuestra salud», añadió. Pero aclaró, de nuevo, que no es un órgano aislado: «no es sólo corazón, sino que es un árbol que nutre cada célula, tejido y órgano de nuestro cuerpo».

Revista Fundación. Nuestra razón de ser. Nº24