Trazar una línea que conecte a Ayn Rand con la crianza en un piso de noventa metros cuadrados, pasar por la caída del Muro de Berlín y desembocar en el patio de un colegio donde los niños ya no juegan es algo que pocos pensadores consiguen hacer sin perder al auditorio por el camino. David Pastor Vico, filósofo, escritor y divulgador sevillano, lo logró el pasado martes 5 de mayo en la Fundación Cajasol en Sevilla, durante el encuentro La incomodidad de educar: bienestar de docentes y familias en la educación de los niños, organizado por CESUR a través de su think tank de innovación educativa.

Vico arrancó su intervención situando el origen del problema lejos de las aulas: en la posguerra mundial y en el pensamiento de Ayn Rand, cuya novela El manantial vendió diecisiete millones de ejemplares en Estados Unidos y sentó las bases del egoísmo racional como modelo de vida. Para Rand, que nunca tuvo hijos, el individuo constituye la piedra fundamental de la sociedad y no existe justificación alguna para el sacrificio personal que no redunde en el propio crecimiento. Esa visión, argumentó el filósofo, resultó funcional para un sistema económico que necesitaba competir con el bloque soviético y acabó infiltrándose en la manera occidental de entender las relaciones humanas, la familia y, por extensión, la educación.

Uno de los momentos más reveladores de la sesión se produjo cuando trasladó ese análisis macroeconómico a su propio barrio, San Diego, en Sevilla. Con rigor conceptual y cercanía narrativa, explicó cómo los vecinos de barrios obreros pasaron a considerarse clase media tras la desaparición de la Unión Soviética sin que nada material hubiera cambiado en sus vidas: los mismos pisos, las mismas ventanas, los mismos ascensores. Lo que sí cambió fue el relato, y con él los valores: donde antes existía un sentimiento de pertenencia colectiva, la nueva etiqueta trajo consigo una versión descafeinada del american way of life que priorizaba el yo sobre el nosotros. «Las palabras determinan los objetos materiales», subrayó. «El cómo damos nombre a la materialidad cambia la propia materialidad.»

Desde esa perspectiva, la paternidad y la maternidad se convierten en el punto donde todas las contradicciones del hedonismo contemporáneo estallan. Vico recuperó una reflexión de su amigo Jorge Cantero, psicólogo clínico, para lanzar al público una idea incómoda: «Los hijos no se pueden querer cuando se tienen, porque entonces es acomodarte a la situación. Los hijos se tienen que desear y amar antes de tenerlos, porque entonces puede cobrar significación el hecho de tener hijos.» En una sociedad donde el yo se coloca siempre por encima, advirtió, la decisión de traer un hijo al mundo corre el riesgo de abordarse como «un mero protocolo o una lista de verificación», cuando en realidad exige una entrega absoluta: «un deseo, un anhelo, un amor primario, una necesidad de trascendencia y, sobre todo, un entendimiento de que te va a cambiar absolutamente toda tu vida».

En este sentido, compartió su vivencia como padre de mellizas nacidas prematuramente el 2 de octubre de 2019 en Ciudad de México, pocas semanas antes de que la pandemia confinara al planeta. Sin familia cercana, con la ayuda de los abuelos cortada por las restricciones sanitarias, él y su esposa decidieron repartirse a las niñas en habitaciones separadas para poder atenderlas. Lo que vino después le obligó a investigar lo que le estaba ocurriendo: su sensibilidad se había disparado, le costaba concentrarse, lloraba viendo películas que antes no le habrían arrancado una lágrima. La explicación era biológica y se alineaba con estudios realizados en parejas masculinas con hijos adoptivos: sus niveles de testosterona habían descendido mientras la progesterona subía. «Me estaba convirtiendo en una madre», resumió con humor ante una sala que reía y, al mismo tiempo, tomaba nota.

Esa experiencia, lejos de resultar anecdótica, le servía para plantear una cuestión filosófica de calado: si la paternidad y la maternidad alteran la forma de percibir el mundo y de establecer escalas de valores, cualquier reflexión sobre educación que no tenga en cuenta ese factor nace incompleta. «La educación no es cómoda», sentenció. «Tener hijos implica una decisión de trascendencia que exige un cambio de pensamiento y un sacrificio direccionado a posibilitar que las nuevas generaciones sean mejores juntos.»

La segunda parte de su intervención se centró en el impacto de la tecnología en el desarrollo infantil. Vico calificó las redes sociales y formatos como los shorts de YouTube de herramientas diseñadas para sobreestimular de manera constante, y alertó de que la sociedad afronta ya las consecuencias de dos generaciones completas en las que el cociente intelectual ha descendido, un deterioro que alcanza incluso los niveles de exigencia académica en la universidad. Ante este panorama, se mostró partidario de restringir el acceso a estas tecnologías a los menores de dieciséis años, dado que «el tiempo que tardamos en educar es tiempo donde los niños se siguen muriendo».

Frente al aislamiento digital, reivindicó el juego libre como factor biológico esencial para la adaptación evolutiva y el aprendizaje de habilidades sociales que ninguna pantalla puede sustituir: la tolerancia a la frustración, el liderazgo, el trabajo en equipo. Citando a Aristóteles, recordó que la filosofía es social por naturaleza y que resulta imposible aprender en soledad, razón por la cual los niños necesitan jugar y relacionarse durante las máximas horas posibles al día, desde los dos hasta los quince o dieciséis años. Sin esa interacción comunitaria, capacidades humanas fundamentales como la empatía natural y el pensamiento crítico se atrofian, de modo que «estamos criando a nuestros niños de una manera acrítica porque sólo conocen el entorno de relación que nosotros les estructuramos».

En el tramo final de la sesión, el divulgador apeló a la corresponsabilidad entre familias y docentes. Las familias, sostuvo, deben «poner las cosas fáciles a la humanidad y a la animalidad de nuestros niños, facilitando la socialización y el juego libre», mientras que los profesores actúan como formadores encargados de dar continuidad en el aula a los valores transmitidos en el hogar, puesto que «el trabajo del profesor es colectivo». Su último mensaje fue un llamamiento directo a la vocación: «Ser docente es un trabajo vocacional. Un mal docente puede arruinar la vida de miles de jóvenes. Y un buen docente, todo lo contrario.»

El encuentro La incomodidad de educar forma parte de la programación del think tank de innovación educativa de CESUR, un foro que la Fundación Cajasol acoge de manera periódica en su sede de Sevilla y por el que han pasado en ediciones anteriores pensadores como Gregorio Luri o César Bona.