Las voces de una cita histórica para el voleibol andaluz
abril 1, 2026 | DeporteEl Fundación Cajasol Andalucía Vóley conquistó en enero la Copa de SM la Reina Iberdrola con un 3–0 en la final y firmó un hito para el deporte andaluz. Entre la emoción y la lucidez, Lucía Prol, Maguilaura Frías y Isabel ‘Sasa’ Barón explican por qué este equipo llegó más lejos de lo que nadie se atrevía a prometer.
La imagen final de una Copa siempre parece diseñada por alguien que sabe de guiones: un último balón, un grito que rompe la tensión acumulada y un grupo de jugadoras que se abraza como si el tiempo se hubiera detenido. El pasado enero, el Fundación Cajasol Andalucía Vóley escribió un capítulo imborrable: levantó por primera vez la Copa de SM la Reina Iberdrola y lo hizo con autoridad, un 3–0 en la final disputada en Santa Cruz de Tenerife, ante el Heidelberg Volkswagen.
El dato ya era histórico por sí sólo: primer título copero del club, primer gran trofeo nacional de una entidad nacida en Dos Hermanas, y la primera vez que el voleibol femenino andaluz se coronaba en esta competición. Es por ello que entrevistamos a tres de las jugadoras que han hecho posible este hito, Lucía Prol, Maguilaura Frías e Isabel ‘Sasa’ Barón.
Entre las tres nos narran sus sensaciones, los momentos vividos y sobre todo el día a día de un equipo que paso a paso sigue haciendo historia y parece no tener fin. Lucía Prol lo definió con la importancia que merecen las grandes hazañas: no con una palabra, sino con varias a la vez. «Un cúmulo de sensaciones, una satisfacción enorme», dijo al recordar la final. Y añadió: «Era la primera vez que este club gana una Copa de la Reina. Ser integrante del equipo, es lo más». En su voz estaba la alegría de quien sabe que un trofeo no es sólo una copa: es el cierre de una curva larga de trabajo, horas y «baches» que forman parte de cualquier carrera deportiva. «Todo el trabajo tiene su recompensa… ganar una final es una emoción muy grande», resumió.
Y es que el Fundación Cajasol Andalucía llegó a la Copa sin el cartel de favorito. Había equipos con más presupuesto, más experiencia reciente, más tradición ganadora. Incluso dentro del propio vestuario sevillano, la idea inicial no fue la de tener la presión por lograr el título. Fue más modesta, más realista y, quizá por eso, más poderosa: ir día a día. Los resultados confirmaron que el torneo, celebrado en Tenerife, acabó siendo un escenario perfecto para una sorpresa que dejó de serlo cuando se repitió partido tras partido.
Lucía lo narró con una sinceridad que revela mucho: «¿Pensábamos que íbamos a llegar tan lejos? Pues no», se rió. El objetivo, de hecho, venía con una pequeña cicatriz acumulada: «Los años atrás siempre nos habíamos quedado en semifinales». Y, además, el equipo entró al torneo en una posición liguera mejorable; el cuadro no regalaba nada. «Nos tocó un rival complicado en cuartos», recordó. Lo relevante es lo que vino después: «Supimos sacar ese partido adelante. Y ya una vez que ganamos ese partido, la dinámica era muy buena y a medida que avanzábamos, decíamos: ‘Yo creo que sí'».
Ese «yo creo que sí» no nace de un discurso motivacional, sino de la evidencia: cuando un equipo resuelve un partido difícil, se convence de que puede vencer en el siguiente. Y en esta Copa hubo un punto de inflexión que las tres jugadoras señalan de algún modo: el partido que más exigió mentalmente. Maguilaura y Sasa señalaron que sin dudas fue el segundo encuentro contra Menorca. La explicación era clara, fue una remontada con desgaste, dudas, nervios y un «tiebreak» donde todo se decidió.
Y tras ello fue el momento de disputar la gran final. Maguilaura Frías, una de las capitanas del equipo, expresó cómo vivió ese partido. Lo primero que se le pasó por la cabeza fue gritar. «Cuando terminó el partido, me tiré al suelo y grité, me salió un grito desde dentro», explicó. No era un grito de un punto, sino la salida de aire de una semana entera: «Tenía todo retenido de los partidos anteriores», argumentó.
Cuando se le preguntó si imaginaban llegar tan lejos, Maguilaura volvió a la idea del partido a partido. «Pensar como tal que íbamos a llegar tan lejos, no, pero sí el ir partido a partido, vivir la experiencia y la ilusión». Esa frase, que podría sonar a cliché, en realidad es una herramienta. En una Copa pensar demasiado lejos puede convertirse en una carga. El equipo eligió lo contrario: reducir el mundo a lo próximo, al siguiente set, al siguiente punto.
Por su parte, Isabel Barón, más conocida como Sasa, juega de líbero y es una de las voces emocionales del vestuario. Ella explicó la misma idea de su compañera, pero a través de la calma. «Veníamos de una buena racha, pensábamos partido a partido y con los pies en el suelo». Y, aun así, en su discurso apareció la ambición, pero de una forma sencilla: sin alardes, con corazón. «Siempre pensábamos que podíamos aspirar a más, pero de ahí a la final, no lo teníamos tan claro». La Copa, entonces, fue cambiando algo por dentro: «la ilusión y el sentimiento de creer».
Como fueron muchos minutos, partidos y puntos, les preguntamos a las tres cuál fue su recuerdo o momento más importante del torneo. Lucía se quedó con el final absoluto: «El último punto de la final, que lo hice yo, y creo que no se me olvidará nunca». Maguilaura, por su parte, eligió otro tipo de último punto de la remontada de semifinales. «El último punto de Menorca. Íbamos perdiendo dos a cero y remontamos. El último ataque que hice yo, me marcó mucho». No lo recuerda sólo por ser el cierre, sino por lo que significó en su estado mental: «Llevaba todo el tiempo reprimida, me tiré al suelo y grité desde lo más profundo», narró. Y Sasa se quedó también con un momento vivido en la semifinal, cuando el pase a la final ya era palpable. «Me quedo con las dos últimas jugadas, yo ya estaba llorando porque sabía que esa final iba a ser nuestra», señaló.
A partir de ahí, la final llegó con un estado mental poco habitual en quien se juega un título: la ausencia de presión. Lucía lo expresó casi con asombro: «En la final, para nada teníamos presión. Ya habíamos cumplido el objetivo, estábamos en la final, ya teníamos el segundo puesto asegurado, pero queríamos más». Y entonces soltó una frase que, dentro de un vestuario, marca jerarquía moral: «Las finales están para ganarlas». Maguilaura coincidió desde otro ángulo: «Ya una vez dentro de la final, no teníamos nada que perder, sólo disfrutar del partido, de cada punto y dejarlo todo en la cancha». Y confesó algo que muchos deportistas sienten, pero pocos manifiestan: una intuición. «Yo tenía esa sensación de que nos lo íbamos a llevar». Sasa fue aún más explícita: «Sí hablamos de ser campeonas, una de las razones por la que se ganó esa Copa fue porque no tuvimos presión ninguna». Su explicación tiene una lógica preciosa: si ya habías hecho historia llegando a la final, todo lo que viniera era un regalo; y los regalos se juegan mejor cuando se disfrutan.
Lucía Prol lo narró con detalle. «Jugamos como equipo, cada una asumiendo su rol, nos repusimos cuando íbamos abajo, con paciencia y calma». Mientras que Maguilaura lo convirtió en afirmación de autoridad: «Se nos vio un equipo superior. Cada una hizo lo que tenía que hacer dentro del campo». Y Sasa, quizá con la claridad de quien defiende y ordena desde atrás, cerró con un argumento que sonó a manifiesto: «Fuimos equipo en todos los aspectos: fuimos equipo, fuimos compañeras, y siempre muy tranquilas, muy seguras. Le pusimos ganas, mucho corazón».
En ese «fuimos equipo» hay otro tema que atraviesa las entrevistas: la gestión de los momentos tensos. No es casual que, cuando se pregunta por quién transmite calma dentro del equipo, aparezcan nombres y conexiones como si fueran anclas. Lucía señaló a Sasa: «En los momentos difíciles siempre está con una sonrisa (…) aunque ella tenga malos momentos, siempre está ayudando». Maguilaura, con humor, dijo que quizá ella misma, pero reconoció que Sasa y Louise Sansó le transmiten confianza. Sasa, en cambio, señaló a Maguilaura como su mayor calmante: «Tenemos una conexión especial, sólo con mirarnos, nos relajamos». No hablan de grandes discursos: hablan de miradas, manos, sonrisas. Eso, en el deporte, es confianza.
Y esa confianza se construyó en una temporada donde el club había ido creciendo. «Con trabajo de muchos años se ha podido llevar este título, refleja todo el trabajo y empeño», definió Lucía Prol. Ahí aparece el club como proyecto, no sólo como equipo: una estructura que empuja, que sostiene, que apuesta y que crece con paciencia. Para Maguilaura, ese vínculo con el club es casi biográfico: «Llevo cinco años en el club, me hacía mucha ilusión poder llegar a una final y ganar la Copa. Llevábamos años de trabajo», aseguró. Y confesó que actualmente no es consciente de lo logrado ya que no lo tiene asimilado. Por su parte, Barón, que llegó en 2021 tras la pandemia y se quedó, se refirió al club como casa: «Para mí lo es todo: mi casa, mi familia». Su orgullo no era sólo por la copa; era por ser parte de un camino: «llevar cada año a este club un poco más arriba, saber que soy partícipe, es un orgullo y un honor», comentó sinceramente.
Y entonces aparece una palabra que importa, la afición. Porque el deporte, cuando es histórico, es también comunitario. Maguilaura lo agradeció como se agradecen las cosas de verdad: «Este logro también es para todos ellos. Hemos unido familias para que vivieran la Copa. Sin el apoyo de nuestra gente no podríamos haber llegado». Sasa lo elevó aún más: «Tenemos la mejor afición de España. En casa, en Los Montecillos, explotan, pero fuera también nos sentimos muy cerca». En esos agradecimientos hay una idea que la Copa confirmó: el voleibol femenino también puede generar pertenencia masiva cuando encuentra un proyecto que emociona. El hito, por tanto, fue doble. Deportivo, un título nacional y un 3–0 incontestable en la final, y cultural, una victoria que ensanchó el mapa simbólico del deporte andaluz.
Pero el mejor resumen quizá lo da la ambición que queda para lo que resta de temporada. Lucía miró al siguiente objetivo con naturalidad competitiva: «Seguir puntuando y entrar en playoff, quedar lo más arriba posible y llegar a una esperada final». Sasa, directamente, colocó el listón donde se sitúa cuando has probado el oro: «No tiene límite este equipo siempre quiere más, que cuando digan ‘jugamos contra Cajasol’ nos tengan ese respeto… ¿y por qué no? A por la liga».
En ese «¿por qué no?» hay una enseñanza que va más allá del voleibol. Los grandes hitos no nacen sólo de la superioridad técnica. Nacen de la combinación de trabajo y fe, de calma y hambre, de humildad y ambición. Este equipo llegó a Tenerife sin prometer un título; llegó con una idea sencilla: competir. Y, cuando se vio cerca, decidió creer.
Quizá por eso, cuando se pregunta a Lucía qué le gustaría que se dijera del club dentro de un año, ella responde como quien habla de un lugar que protege: «Es como mi casa, no tiene límites. Se ha demostrado que se pueden lograr grandes cosas, competir en Europa es importante para el club y para las jugadoras». Y, al decirlo, deja caer otra dimensión del éxito: el título no fue un final; fue una puerta.
La Copa de la Reina 2026 fue, en definitiva, un relato de tres capas. La del deporte, un 3–0 para la historia en una final perfecta. La del proyecto, un club que creció durante años hasta tocar techo. Y la de las personas: tres jugadoras que, al contar lo vivido, repiten palabras que suenan a verdad: calma, equipo, ilusión, familia, trabajo. Y que explican por qué una copa puede ser, también, un hito social.
Porque cuando Maguilaura describe ese grito «desde dentro», no se refiere sólo a un partido, sino a años de esfuerzo. Cuando Sasa recuerda que pensó en su familia y en «la gente que está en nuestro día a día», está retratando el deporte como un vínculo. Y cuando Lucía se queda con ese «último punto» que no olvidará, está evocando lo irrepetible: el instante exacto en el que una comunidad deportiva entera cambia de escala.
Natalia Palomino
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