El pintor Juan Cantabrana protagonizó la tercera sesión del X Ciclo Encuentros Culturales de la Fundación Cajasol en Córdoba con una conferencia que transportó al público hasta el París de principios del siglo XX, escenario de la intensa amistad entre Amedeo Modigliani y Celso Lagar. La velada, presentada por la también pintora Julia Hidalgo, combinó el rigor biográfico con la sensibilidad de quien conoce de cerca el oficio del lienzo.

Hidalgo abrió el acto con una semblanza de Cantabrana —redactada por Miguel Carlos Clemente— que recorrió su formación junto al escultor Amadeo Ruiz Olmos y el pintor Rufino Martos en Córdoba, su paso por el estudio de Vázquez Díaz en Madrid, sus viajes a Holanda y París, y su posterior regreso a la capital cordobesa, donde instaló su taller en la casa familiar de San Félix. La presentadora subrayó la singularidad del uso del color en la obra de Cantabrana, un pintor que prescinde del claroscuro para construir la forma exclusivamente a través del matiz cromático, en la estela del postimpresionismo.

Cantabrana tomó la palabra para adentrarse en las biografías cruzadas de Modigliani y Lagar. Describió al pintor italiano como un «dandy pobre» que cuidaba su atuendo pese a la miseria, frecuentaba los cafés de Montparnasse y firmaba sus presentaciones con un orgulloso «Amedeo Modigliani, pintor y judío». El conferenciante relató la llegada del joven Celso Lagar a París en 1911, becado por la Diputación de Salamanca, y su rápida integración en el círculo de artistas que incluía a Picasso, Derain o Apollinaire.

El relato se detuvo en los espacios que vertebraron aquella efervescencia creativa: el Café de la Rotonda, cuyo propietario aceptaba dibujos como pago de deudas; el restaurante de Rosalía Tobías, antigua modelo de Renoir, que socorría a los pintores hambrientos; y el destartalado edificio del Bateau-Lavoir, donde Picasso y Braque tenían sus estudios. Cantabrana citó al novelista Francisco Arcos para ilustrar el ambiente: «La sociedad del París de entonces se movía en una dispersión perpetua en la que los artistas bebían hasta la inconsciencia o la fama, mientras se convertían en leyenda».

La conferencia alcanzó su momento más emotivo al abordar los últimos días de Modigliani. El pintor italiano, enfermo de tuberculosis, pasó su última Nochevieja posando a un compositor griego y escribió sobre el lienzo inacabado la frase latina «Incipit vita nuova» —aquí comienza una nueva vida—, como una premonición involuntaria. El 24 de enero de 1920 falleció en el Hospital de la Charité de París; dos días después, su compañera Jeanne Hébuterne, embarazada de ocho meses, se arrojó desde un balcón.

Cantabrana reveló que Lagar no asistió al entierro de su amigo, un hecho que el conferenciante interpretó como un mecanismo de defensa psicológica ante el dolor extremo. Sin embargo, el pintor salmantino canalizó su duelo en un cuadro que representa el cortejo fúnebre avanzando por una calle parisina bajo un cielo gris: figuras de perfil, tonos sobrios, una atmósfera de silencio pictórico. «Parece emitir el sonido de una llamada repetitiva», describió Cantabrana, «la llamada de la que ya nadie puede contestar».

El relato prosiguió con la vida posterior de Lagar: su refugio en los Pirineos durante la Segunda Guerra Mundial, el bombardeo que quebró su equilibrio mental, la muerte de su esposa Hortense en 1956 y su internamiento en un psiquiátrico parisino. Sus cuadros fueron subastados para pagar la factura hospitalaria. En 1964, su hermana Isabel logró trasladarlo a Sevilla, donde falleció en 1966. Ese mismo año, el Museo de Suiza organizó la exposición Modigliani Lagar 1966, que situó definitivamente su obra en la historia del arte.

Cantabrana cerró su intervención con un apunte personal: en abril de 1965, él mismo viajó a Sevilla con la esperanza de conocer a Celso Lagar, pero el artista no pudo recibirlo. «El destino no estuvo de cara», lamentó, antes de proyectar fotografías de Modigliani, Lagar, Jeanne Hébuterne y el propio cuadro del entierro.