Cada minuto de exposición solar queda registrado en las células cutáneas como si la piel fuese una placa fotovoltaica, acumulando una energía silenciosa cuyos efectos afloran décadas más tarde en forma de manchas, lesiones y alteraciones que nada tienen que ver con el presente, sino con la radiación absorbida durante la juventud, cuando la protección ni siquiera figuraba entre las prioridades cotidianas. Esa idea, que la comunidad dermatológica denomina memoria energética de la piel, vertebró la conferencia Piel saludable, Vida saludable, impartida por María Jesús Lucero Muñoz, profesora titular de Farmacia y Tecnología Farmacéutica de la Universidad de Sevilla, en la Fundación Cajasol en Sevilla dentro del ciclo Los Lunes en Cajasol. Foro Confiable.

La doctora Lucero articuló su exposición en torno al concepto de exposoma cutáneo, un término que el investigador Wild acuñó en 2005 al descubrir que determinados factores ambientales modifican el genoma humano a lo largo de la vida. El dermatólogo alemán Krutmann trasladó esta noción al ámbito de la piel en 2017, mientras que Patterson profundizó en sus implicaciones clínicas y biológicas en 2020, de modo que la ciencia dispone hoy de un marco sólido para catalogar los agresores que aceleran el deterioro cutáneo: contaminación atmosférica, falta de sueño, estrés, nutrición inadecuada y, sobre todos ellos, radiación solar.

De entre esos factores, la radiación ocupa un lugar central porque sus efectos se subdividen según la longitud de onda y la profundidad de penetración. La ultravioleta B, con longitudes de onda cortas y alta energía, altera directamente el ADN y constituye la principal responsable del cáncer cutáneo, si bien sólo alcanza la epidermis. La ultravioleta A penetra hasta la dermis, donde degrada las fibras de colágeno y elastina mediante procesos de oxidación por radicales libres, lo que convierte a esta franja del espectro en el gran motor del envejecimiento prematuro. Ambas actúan de forma conjunta y resulta imposible separarlas en la práctica, puesto que la piel recibe el espectro completo cada vez que se expone al sol.

La conferenciante reservó una advertencia expresa para la tendencia del «callo solar», que promueve la exposición sin protección bajo la falsa premisa de que la piel se fortalece con la irradiación repetida. «Es una barbaridad», afirma Lucero, recordando que el daño se almacena de forma acumulativa y que sus consecuencias pueden tardar años o décadas en manifestarse. En cambio, la luz azul, el visible de alta energía que emiten las pantallas, necesita hasta 150 horas de irradiación continua para empezar a generar alteraciones pigmentarias, según los estudios citados por la ponente, razón por la cual su peligrosidad real queda muy por debajo de la alarma que la rodea en redes sociales.

Frente a este catálogo de agresiones, la piel despliega un sistema de defensa que Lucero desgrana en cuatro barreras sucesivas. La primera es la microbiológica: un ecosistema de bacterias, bacteriófagos, hongos y ácaros que, en condiciones de equilibrio, mantiene a raya a los microorganismos patógenos mediante péptidos antimicrobianos y un pH ácido (la ponente ha sido categórica en este punto: el pH neutro, lejos de resultar beneficioso, favorece la proliferación de agentes dañinos). A esa capa protectora se suman la barrera química del manto hidrolipídico, que impide tanto la entrada de sustancias externas como la pérdida de agua transepidérmica, y la barrera física del estrato córneo, una estructura de apenas diez micras dispuesta en pared de ladrillos que constituye el verdadero escudo de la superficie cutánea.

Toda esta arquitectura condiciona un protocolo de cuidado diario que la doctora Lucero sintetiza con contundencia: por la mañana, limpieza y protector solar, sin más añadidos; por la noche, limpieza y tratamiento regenerador. La lógica responde al ciclo circadiano, ya que la piel sólo se repara durante el descanso nocturno, de manera que cualquier sérum o crema antiarrugas rinde más aplicado antes de dormir. Cuando ese ciclo se interrumpe por falta de sueño, el cortisol asciende, la melatonina cae y se desencadena una inflamación celular silenciosa que deteriora las fibras de sostén y aumenta la producción de sebo.

En el capítulo de ingredientes activos, la ponente señaló la combinación de tocoferol (vitamina E) y ácido ascórbico (vitamina C) como la fórmula antioxidante con mayor respaldo científico, dado que ambas sustancias se reciclan mutuamente y son reactivadas por sistemas metabólicos como el glutatión. Lucero, que defendió esta línea de investigación en su tesis doctoral de 1989, subraya que ningún otro binomio ofrece esa capacidad de regeneración continua. En el extremo opuesto, desmiente con rotundidad la presencia de probióticos en la cosmética actual: «No hay ningún cosmético que tenga probióticos», asegura, advirtiendo de que las reivindicaciones comerciales de ciertos productos no se corresponden con la realidad normativa vigente.

La conferencia concluye con una explicación pormenorizada del protector solar, el cosmético que Lucero considera indispensable por encima de cualquier otro. El número SPF indica el porcentaje de reducción de la radiación ultravioleta B: un SPF 50 bloquea el 98 % y un SPF 50+ alcanza el 99 %, pero ningún filtro llega al 100 %, de ahí que cualquier cifra superior (60, 80 o incluso 100) carezca de significado práctico. La protección frente al ultravioleta A, por su parte, debe equivaler al menos a un tercio del SPF declarado, un dato que figura en el envase mediante el símbolo UVA normalizado. Lucero ha insistido también en que los filtros químicos u orgánicos son tan seguros como los físicos o minerales, pese a que una corriente de opinión extendida los presente como nocivos: el reglamento europeo de cosmética supervisa cada sustancia autorizada con criterios toxicológicos estrictos que garantizan la seguridad del consumidor.

«Si conseguimos tener una piel saludable, la piel va a ser además más bella», concluyó la profesora de la Universidad de Sevilla, condensando en una sola frase el espíritu de una intervención donde el rigor farmacéutico y la vocación divulgativa compartieron escenario ante un auditorio que no dejó de tomar notas durante más de una hora.