Hay una imagen que atraviesa toda la sesión y que, una vez escuchada, es difícil de sacudir: la del hámster girando en su rueda sin saber adónde va. Con ella, Francisco Vázquez García, catedrático de Filosofía de la Universidad de Cádiz y autor de más de una veintena de monografías, describió el jueves al sujeto contemporáneo en la clausura de la quinta edición de Lecturas del presente en la Fundación Cajasol en Córdoba. Un sujeto obligado a optimizarse sin descanso en todos los escenarios de la vida (la empresa, la pareja, la familia, las redes), al que se le promete crecimiento personal y al que, cuando fracasa, se le responsabiliza de su propio malestar.

El diálogo con Álvaro Castro, coordinador del ciclo y organizador junto al Área de Filosofía Moral de la Universidad de Córdoba, partió de la reedición ampliada de Tras la autoestima. Variaciones sobre el yo expresivo en la modernidad tardía (Dado Ediciones, 2025), un libro publicado originalmente en 2005 cuyas tesis, lejos de haber envejecido, parecen haberse confirmado empíricamente con el paso del tiempo.

El yo expresivo: un croquis del sujeto contemporáneo

Vázquez García acuñó en ese libro el concepto de «yo expresivo» para designar una modalidad de sujeto que nació con la caída de los grandes relatos y el desgaste de los marcos institucionales surgidos tras la Segunda Guerra Mundial. Cuando el mundo social se vuelve opaco e incomprensible, explicó, todo el sentido se proyecta en el interior: el yo se convierte en el único territorio gobernable. Se le exige flexibilidad constante, disponibilidad permanente y una acumulación de experiencias únicas que, si no se alcanza, desemboca en frustración o en lo que el filósofo británico Mark Fisher denominó «hedonía depresiva».

Para ilustrarlo, el filósofo gaditano acudió a un ejemplo cercano: la publicidad del voluntariado en su propia universidad ya no apela a la solidaridad ni al compromiso con los demás, sino a la búsqueda de «experiencias únicas». Ese desplazamiento, señaló, condensa con precisión el espíritu del yo expresivo.

Miserias y grandezas: la doble verdad de la autoayuda

El tramo central de la sesión estuvo dedicado a lo que Vázquez García denomina la «doble verdad» de la cultura de autoayuda, un fenómeno que, advirtió, desborda con mucho los libros de recetas vitales que encontramos en las grandes superficies. La autoayuda atraviesa los reality shows, los consultorios sentimentales, las series de plataformas, las sesiones de coaching empresarial, las aplicaciones de inteligencia artificial usadas como coaching personal por los jóvenes y, cada vez más, la propia escuela, donde la educación emocional ha ido arrinconando a la instrucción.

Frente a quienes la condenan en bloque como «lavado de cerebro» del capitalismo tardío y frente a quienes la celebran acríticamente como herramienta de empoderamiento, Vázquez García reivindicó una posición intermedia apoyada en la obra de la socióloga Eva Illouz: combinar la hermenéutica de la escucha (atender a lo que los usuarios hacen realmente con esos recursos, cómo les ayudan a afrontar el dolor) con la hermenéutica de la sospecha (poner en relación esas prácticas con las condiciones sociales que las generan). «Hay que evitar los conceptos bulldozer», insistió, refiriéndose a esas categorías totalizadoras (biopoder, patriarcado, dominación de clase) que explican todo desde arriba sin atender a lo que sucede abajo.

Las grandezas, reconoció, existen: la cultura terapéutica ha contribuido a generalizar la verbalización de la vida emocional, históricamente reservada a las culturas femeninas, lo que puede favorecer la construcción de masculinidades menos cerradas y más empáticas. Las miserias, sin embargo, también son reales: los hábitos que promueve la autoayuda (comer sano, hacer ejercicio, gestionar las emociones con competencia lingüística) son los de las clases culturalmente más ricas, las que disponen de tiempo y recursos para ponerlos en práctica. Para quienes no los tienen, la autoexigencia se convierte en una fuente más de frustración.

Pensar es rumiar

Hacia el final de la sesión, Castro preguntó por el papel que puede desempeñar la filosofía en un paisaje donde compite con los reality shows, el mindfulness y los psicofármacos por ofrecer sentido a la vida cotidiana. La respuesta de Vázquez García fue contundente: la filosofía debe abandonar su obsesión por la interioridad y volcarse en la exterioridad, en comprender las condiciones sociales que nos hacen ser como somos. No se trata de restaurar los grandes relatos perdidos, sino de trazar lo que Fredric Jameson llama «mapas cognitivos»: cartografías del presente que nos permitan orientarnos en un mundo que se ha vuelto ilegible.

Esa tarea, añadió, exige algo que la aceleración contemporánea convierte en un bien escaso: tiempo. «Pensar es rumiar», dijo citando a Nietzsche. «Hace falta pensar a fuego lento. Solo pensando a fuego lento podemos empezar a modificar lo que hacemos.» La comida rápida produce comida basura; el pensamiento rápido, advirtió, produce pensamiento basura.

La filosofía como servicio público

Pero rumiar no significa encerrarse. Vázquez García reivindicó con la misma energía el deber cívico de la filosofía de traducir su saber al lenguaje de la ciudadanía, una obligación que algunos colegas, lamentó, siguen viendo como una degradación del oficio. Citando a Pierre Bourdieu, reclamó «comandos filosóficos de intervención rápida»: la capacidad de proyectar el pensamiento riguroso en foros ciudadanos cuando aparecen problemas que exigen comprensión. «Eso no es rebajar la filosofía», afirmó. «Es un servicio público.»

El turno de preguntas del público, que cerró tanto la sesión como el ciclo, giró en torno a la construcción de comunidad como respuesta al individualismo terapéutico. Vázquez García distinguió entre las «comunidades del trauma» (colectivos que comparten una dolencia pero no aspiran a cambiar el mundo) y la comunidad de vecindad, de barrio, de convivencia, la que teje vínculos capaces de actuar sobre las condiciones que generan el malestar, no sólo sobre quienes lo padecen. «Si no cambian las cosas con los demás, el problema va a seguir viniendo», concluyó. «Aunque de momento puedas salir de él, estás en una ilusión.»

Con esta tercera sesión, Lecturas del presente cierra su quinta edición habiendo mantenido la apuesta que la define desde 2022: convertir la filosofía en un instrumento para leer el presente con rigor y sin concesiones. Un ciclo organizado por la Fundación Cajasol en Córdoba junto al Área de Filosofía Moral de la Universidad de Córdoba, coordinado por Álvaro Castro, que en cinco años ha demostrado que la filosofía, cuando se traduce al lenguaje de la ciudadanía, sigue siendo capaz de llenar una sala y, lo que es más difícil, de hacer que el público salga pensando.