Gregorio Luri: «Es más importante enseñar a amar la vida que dar clases de educación emocional»
diciembre 10, 2025 | EducaciónSi un niño crece sin viento, no genera la madera necesaria para sostenerse. Gregorio Luri, filósofo, pedagogo y autor de La dignidad del mediocre. Pequeña filosofía de lo inacabado, recuperó esta imagen de los experimentos de biosfera artificial del siglo XX para formular una de las preguntas centrales de su intervención en la Fundación Cajasol en Sevilla: ¿está la escuela actual protegiendo tanto a sus alumnos de cualquier adversidad que les impide desarrollar la fortaleza emocional que dice querer enseñarles?
La conferencia, organizada por CESUR bajo el título Bienestar emocional, dificultades en los centros: miradas desde el aula, reunió al pensador navarro con dos profesionales que conocen de cerca la realidad cotidiana de las aulas: Rocío Guerrero, directora del Centro Santa Joaquina de Vedruna de Sevilla, y Daniel Bermúdez, profesor del CEIP Malala en Mairena del Aljarafe. El acto contó con la colaboración de la empresa Hydra.
Luri arrancó su exposición con una advertencia que marcó el tono de toda la velada: ante la pregunta por las causas del suicidio adolescente, cualquier respuesta simple sería demagogia. «Cada persona es un mundo y cada una enferma, física o psicológicamente, de manera distinta», señaló, antes de desplegar un análisis que abarcó desde la transformación de la familia hasta la crisis de identidad de la profesión docente, pasando por lo que él considera una peligrosa inflación del lenguaje psicológico en el entorno escolar.
Uno de los ejes de su discurso giró en torno a la sobreprotección familiar, que definió sin ambages como «una forma de maltrato» en tanto que impide al niño relacionarse con la realidad y gestionar sus propias experiencias. Luri acuñó una imagen reveladora para ilustrar este fenómeno: las rodillas impolutas de la infancia contemporánea, las de una generación que, por primera vez en la historia, carece de marcas porque se ha quedado sin espacios donde vivir autónomamente su niñez. A esa falta de roce con el mundo sumó otros factores que, a su juicio, configuran un caldo de cultivo preocupante: el déficit de sueño, la insuficiente actividad física (con datos que apuntan a niñas que caminan menos de media hora al día) y una relación con las pantallas que devora el tiempo sin que las familias se atrevan a poner límites firmes, puesto que «nos gustaría ser obedecidos sin necesidad de mandar».
Con particular contundencia abordó lo que considera una conversión progresiva de la escuela en institución terapéutica. El pedagogo alertó de que el vocabulario psicológico ha ido calando en el ámbito educativo hasta el punto de sustituir preguntas esenciales: «Hemos pasado del ‘¿qué sabes?’ al ‘¿cómo te sientes?'», afirmó, al tiempo que cuestionó si ese giro contribuye al bienestar del alumnado o, por el contrario, lo entrena para percibirse a sí mismo a través del prisma de la patología. Como prueba de esta tendencia citó el crecimiento del 60 % en el número de alumnos con necesidades educativas especiales en los últimos cinco años y un incremento del 400 % en los diagnósticos de trastorno del espectro autista, cifras procedentes de Cataluña que, según Luri, resultan extrapolables al conjunto del sistema educativo español.
Frente a esa deriva, su propuesta fue tan sencilla de enunciar como compleja de ejecutar: la escuela serena. No una escuela sin problemas, sino una que acepta la imperfección humana y enseña a convivir con ella desde la serenidad en lugar de desde el miedo. «Es mucho más importante enseñar a nuestros alumnos a amar incondicionalmente a la vida que proporcionarles clases de educación emocional», subrayó en lo que él mismo pidió que fuera, de toda su intervención, la idea que el auditorio retuviera. En esa misma línea reivindicó la amistad y el ejercicio físico como los dos recursos terapéuticos que la investigación respalda con mayor solidez para abordar los problemas socioemocionales de la infancia y la adolescencia.
El coloquio posterior aportó la perspectiva de quienes se enfrentan cada mañana a esas coordenadas. Rocío Guerrero, al frente de un centro de casi 1.900 alumnos con todas las etapas educativas, coincidió con Luri en la necesidad de sembrar esperanza, aunque señaló una tensión que dificulta ese propósito: «Estamos instalados en apagar fuegos, en lo urgente, y para lo realmente importante, esa escuela de la calma, de la escucha, del acompañamiento, no queda tiempo, porque el exceso de burocracia te come». Guerrero puso el foco, asimismo, en la fragilidad del propio profesorado y en la soledad que percibe en muchos de sus alumnos, cuyos hábitos de sueño (acostarse a la una o las dos de la madrugada con el teléfono móvil) condicionan gravemente su rendimiento y su estado emocional.
Daniel Bermúdez trasladó al auditorio el agotamiento emocional que acumula un docente que, antes de impartir su primera clase del día, ya ha tenido que ejercer de psicólogo, logopeda, mediador familiar y, en ocasiones, médico de urgencia. «Eso no es sólo un día; es nuestro diario», reconoció el profesor, que reivindicó al mismo tiempo el papel del maestro como parte de la solución: «Parte de esa esperanza la tenemos nosotros en nuestras manos, y hay que gritarlo fuerte».
Luri cerró el encuentro con lo que bautizó como su «teoría termodinámica de los centros educativos»: cada centro dispone de una cantidad finita de energía, de modo que añadir tareas sin reducir las existentes no genera más trabajo útil, sino más desgaste. La clave, sugirió, reside en identificar las fugas de energía concretas de cada centro (los tiempos muertos entre clases, la comunicación interna deficiente, las relaciones con las familias) y abordarlas con la misma profesionalidad que se exige al contenido académico. «Los políticos son interinos y nosotros somos definitivos», recordó con una sonrisa, apelando a los docentes presentes a asumir que el futuro de la educación depende más de quienes permanecen en las aulas que de quienes legislan desde los despachos.
La conferencia se celebró en la Sala Machado de la Fundación Cajasol en Sevilla (c/ Chicarreros 1), con entrada libre hasta completar aforo.
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